Arian y su relación amor/odio con sus personajes

Semanario de letras inconclusas

Hay algunos escritores y escritoras que ven a sus personajes como sus hijos, no exactamente como pequeñas criaturas a las que hay que nutrir y criar, sino como producto de sus entrañas a los que adoran y defienden a capa y espada. Como si fueran personas reales. Sí, incluso a los villanos.

No se me confundan, no estoy criticando. Esa es su forma de ver la literatura y no está ni bien ni mal. Simplemente, está.

Yo tengo una forma muy diferente de ver el asunto. Para mí, los personajes no son personas, ni siquiera personajes.

A riesgo de sonar pedante, diré que para mí, los personajes son constructos literarios. Son un conjunto de características articuladas y ensambladas de tal forma que dan la apariencia de ser personas reales a la hora de leerlas.

En otras palabras, para mí, mis personajes son como muñecos de Lego o como una Barbie con un set de accesorios completos.

Por ejemplo, cuando estaba escribiendo Ave de las Tempestades pensé: «¿Qué pasa si a Faviana, que es una mujer adinerada adicta al trabajo, le quito su yate y su casa y su trabajo?». Ahora, en Las hijas de la niebla (título provisional) estoy pensando: «¿Qué pasa si a Sara que es una atleta de alto rendimiento y madre devota, le rompo una rodilla y le quito a su hija?»

Aclaro (no sea que me vayan a cancelar la cuenta pensando que soy alguna clase de malandra planeando cosas malas), que todo esto es la premisa básica de estas dos novelas y no un complot para lastimar a alguien.

En fin, que una vez aclarado el caso, cuando lo comento con algunos de mis colegas escritores (hombres y mujeres), muchos se me quedan viendo con cara de susto. Algunos (sobre todo las chicas) me han dicho que ellas nunca se atreverían a ser tan «malvadas» con sus personajes.

Para mí no es ser «malvada», es desarmar un juguete para ver cómo funciona por dentro. Qué pasa si le quito esta pieza, qué pasa si cruzo estos cables, qué pasa cuando lo vuelvo a armar y resulta que me sobran piezas. Esto último me pasó literalmente con varios juguetes en mi infancia.

Así que sí, amo a mis personajes… tanto como amaba a mis juguetes, aunque parezca que los odio. Supongo que, en la vida real, es un síntoma de psicopatía, pero no, en la vida real no se me da la maldad y miren que lo he intentado.

Por ejemplo, aquella vez que mi ex novia…

Deja un comentario